|
Carlos Guastavino:
en la edad del asombro
Entrevista realizada
por Roberto Espinosa en 1996
Voces
niñas de una Sonata en Do mayor de Mozart viborean entre libros y discos. El
viejo maestro inclina sus calvos pensamientos sobre el pequeño teclado.
"Esto me hicieron tocar cuando tenía casi seis años", dice con alegría.
En la soledad de ese diminuto cuarto, donde hay una mesita, un sillón, algún
cuadro, una repisa con químicas pipetas, Carlos Guastavino ha sacado a la luz
durante varias décadas la música que aún titila en su corazón.
Tiene
84 años y es el más grande compositor argentino vivo. Tal vez lo sabe, pero
prefiere hablar de otros temas. Alto, ligeramente encorvado, quizás por el peso
de los pentagramas, abre la ventana de los recuerdos para dejar entrar una canción:
"Bonita rama de sauce, bonita rama de amor. Nunca floreció, que siempre se
quedó diciendo adiós. El río pasa y la peina, el río la jura amar. La rama
le da sus trenzas. El río miente y se va... Se va... se va... Y la ramita se
inclina, no la vean sollozar..."
"Nací
en 1912. Santa Fe era entonces una ciudad chica; habrá tenido unos 50 mil
habitantes. Vivíamos en una calle sin pavimentar a unas ocho cuadras del
centro. Mi padre era una persona modesta, poco instruida, pintor de paredes,
pero muy inteligente. Tenía la visión de la educación y a todos nosotros nos
hizo estudiar (dos varones y cuatro mujeres). Mi hermano fue abogado y yo debí
ser químico, pero la música me venció. Cuando vio que tenía habilidad para
el piano, me mandó a una profesora alemana. De modo que aprendí música antes
que a escribir".
Los
paisajes de la charla son cambiantes. Pasan de la ternura de algunas anécdotas
a los ácidos comentarios de la realidad del país.
"Soy
argentino, a pesar de todos los latrocinios que están cometiendo. ¡Si seguimos
así, vamos a desaparecer!", se enoja.
Cuando
se arrimó a los 20 abriles, se fue a Buenos Aires. En la universidad no le
reconocieron las químicas materias aprobadas.
"Conocí
a Héctor Ruiz Díaz, un gran pianista. Me dieron una beca para estudiar. Debía
tomar una decisión. ¿Qué hacer? La música me atraía tanto... Me agarró
entonces Athos Palma, gran profesor y persona, y me llevó a su casa... Hice una
carrera corta, pero muy sabia".
El
aroma en la venas
Giras
de concierto. Un aluvión de música desborda su sangre.
"Siempre
toqué obras mías. Siento la música argentina desde chico. Toda mi producción
salió argentina y a propósito. No tengo vergüenza de haber escrito cosas a la
manera popular. Es algo que siempre me vino solo, no fue un esfuerzo. No conozco
el folklore nacional, pero el aroma de la música popular lo llevo en las
venas".
Cuando
se le habla de la música contemporánea, monta en cólera.
"¡El
atonalismo, la música concreta! ¡Eso es una porquería! Y lo digo a los gritos
a todo el mundo. Esas son mentiras, falsedades: eso es decir: quiero y no puedo.
La música auténtica es armonía, melodía, ritmo, perfectamente tonal. Es la
única forma de hacer música. Y el ejemplo se lo puedo dar con mis propias
obras. Si yo hubiera sido un improvisador de cosas feas, nadie las interpretaría.
No conozco al guitarrista John Williams ni a Teresa Berganza, sin embargo,
ellos, como muchos otros se han interesado por mis piezas".
Ecos
de timidez
Muestra
unas planillas donde se consigna la interpretación de sus obras en los últimos
años: Inglaterra, Suiza, Suecia, Francia, Sudáfrica, Italia, Chile, Estados
Unidos... Ecos de La tempranera, La rosa y el sauce, Se equivocó la paloma
merodean el cuarto. El maestro confiesa su profunda timidez.
"Me
han invitado a muchos homenajes; uno de ellos fue en Londres, pero no fui. No
soy feliz entre las muchedumbres, me molesta que la gente esté mirándome o me
pida un autógrafo. No tengo la culpa de haber escrito música; sólo hice la música
que brota en mi cabeza. Cuando leo una poesía que me llega, me conmociono
mucho. Se contorsiona todo mi cuerpo, vibro totalmente, aparecen lágrimas en
mis ojos... ¡Es muy fuerte! Entonces tomo un papel pentagramado y escribo las
notas. Todo es muy rápido, no puedo parar; es como si estuviera poseído.
Cuando me doy cuenta de que encontré lo que quería, me pongo de pie, hago
gestos, camino, doy vueltas, río o lloro y doy gracias a Dios. La música sale
sola y no soy responsable: una parte de mi cerebro tiene música"".
El
viejo maestro ya no compone
"He
trabajado mucho. Ahora puedo esperar la muerte tranquilo. Estoy en la 'edad del
asombro' -así se llama uno de sus ciclos de canciones- porque mi música se
toca en todas partes. ¡Qué más puedo pedir!".
Por
el patio se va escapando una bella melodía. Un pájaro está entonando: "El
viento pasa y la besa el talle le hace cimbrar. Toda la ramita canta. El viento
miente y se va. Se va... se va...Y la ramita se inclina, no la vean sollozar".
Biografía Obra En
la edad del asombro - Entrevista
|